LA TRAGEDIA GRIEGA


La tragedia griega. Origen y representantes: Esquilo, Sófocles y Eurípides. Sus obras más conocidas.


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LA TRAGEDIA

     La tragedia es una forma o género  teatral cuyos personajes  son ilustres y se ven enfrentados de manera misteriosa, invencible e inevitable contra el destino  (hado) fatal o los dioses, planteando  un conflicto cuyo final es irremediablemente funesto, su objetivo es promover en el espíritu del espectador una actitud de compasión y temor, a la vez que procura la purificación (catarsis) propia de estos, por medio de fuertes estados emotivos [...], según lo plantea en su poética Aristóteles. El elemento trágico está, por lo tanto, en la contraposición humano/divino y será este el que desarrolle toda la trama del drama trágico.

LA TRAGEDIA GRIEGA.

Origen:

     Tiene su origen en la antigua Grecia, en la ciudad de Atenas a finales del siglo VI A.C. madurando y desarrollándose un siglo más tarde y completando su ciclo al finalizar la quinta centuria, fue sin duda la forma artística a través de la cual se expresó de manera más brillante la cultura griega y, que contribuyó grandemente a la unificación política y nacional de los atenienses, ya que por medio de ellas enaltecían los méritos de grandes gobernadores y héroes militares, y transmitían los conceptos religiosos y morales predominantes de la época.

     Inicia en las celebraciones a Dioniso, dios de la vendimia y el vino, celebración en la cual se danzaba y se entonaban cantos satíricos  y ditirambos en honor a este personaje. También era una festividad hacia la fecundidad y sexualidad. Su nombre procede de los términos griegos tragos, carnero o macho cabrío, y de ode, canción; por lo cual su nombre puede proceder del término canción del macho cabrío; canciones que entonaban los griegos durante esta festividad al dios.

     Los ditirambos primitivos se convirtieron en diálogos entre coreutas (miembros del coro) y el corifeo; o entre coreutas y el corega (director del coro), en los que se narraban episodios de los mitos de Dioniso. De esta manera lo que en un principio fue simplemente una expresión religiosa, se transformó en una representación dramática.

     Estas representaciones se realizaron al aire libre, en las cercanías del templo a Dioniso, en las faldas de la Acrópolis de Atenas. El público presenciaba el espectáculo sentado en gradas en forma de semicírculo.

     Por lo generalmente se presentaba en la primavera, y sobre todo en los comienzos de su desarrollo, manteniendo un notorio sentido moral y religioso, ya que era el inicio de dicha estación, la fecha en que se celebraban las ofrendas y cultos al dios antes mencionado.

     La tragedia como tal  nació con las obras de Tespis y Frínico, y se consolidó con la tríada de los grandes trágicos del clasicismo griego: Esquilo, Sófocles y Eurípides, cuyas obras son solemnes, escritas en verso y estructuradas en escenas entre personajes e intervalos del coro en forma de canciones, generalmente odas. En su mayoría las obras se encontraban  basadas en mitos antiguos o relatos, que consideran el carácter de los personajes, el papel de la humanidad en el mundo y las consecuencias de las acciones individuales.

Tespis

     Se considera a Tespis el padre del teatro, y aunque no se conservan ninguna de sus obras, sabemos que fue un gran innovador, y el primero en tomar temas diferentes al culto a Dioniso; además, su innovación personal consistió en añadir al coro y al corifeo de los ditirambos, un personaje que dialogaba con ambos: el protagonista. A Tespis se debe también la introducción de la máscara como elemento teatral.

     Al inicio, durante las festividades a Dioniso, Los actores vestían disfraces de piel de cabra, mientras danzaban al compás de los ditirambos, al perfeccionarse la misma con las obras de Tespis y los tres dramaturgos, los actores utilizaron máscaras para caracterizar a sus personajes y a los dioses, y zapatos altos llamados altos coturno.

Los concursos

     En el año 534 a. C. Pisístrato dispuso que en las fiestas dionisiacas que se celebraban todas las primaveras en Atenas, se hicieran representaciones dramáticas compuestas por tres  tragedias y un  drama satírico, que se escogía por concurso entre las obras representadas por varios autores. Los premios al  ganador consistían en un macho cabrío para las tragedias y una canasta de higos para la comedia.

     Dentro del programa festivo había un concurso dramático que duraba tres días, a lo largo de los cuales los autores seleccionados representaban sus obras y un jurado concedía un premio al vencedor. Las representaciones estaban organizadas por el estado y todo el pueblo de Atenas estaba invitado.

     Cuando los griegos iban al teatro conocían de antemano los temas que se iban a representar, ya que procedían de leyendas y mitos de los ciclos legendarios de Tebas y Mecenas y otros personajes y leyendas derivados de la épica homérica: el ciclo de Micenas o de Argos, cuya figura principal es Agamenón, y el de Tebas, cuya figura principal es Edipo.

     Es importante mencionar que las muertes no eran mostradas explícitamente en el desarrollo de la obra,  pues solamente era apreciado y ejecutado el dialogo, no así la acción, como en Edipo Rey, en que la muerte de Yoscastla es únicamente narrada, pues la misma ocurre a puerta cerrada en sus aposentos.

Autores más importantes.

     Como hemos mencionado ya, los autores más importantes de la tragedia griega son Esquilo, Sófocles y Eurípides, dramaturgos que perfeccionaron el arte dramático, los contenidos y la forma de la tragedia.

Esquilo

     Vivió entre los años de 525 a 456 a. C. Es el primero de los tres grandes autores trágicos de Grecia, se le atribuye la creación de la tragedia moderna, al aumentar a dos los actores, introduciendo al deuteragonista, reduciendo así el papel del coro y dándole más importancia al dialogo. Combatió contra los persas en las regiones de Maratón, Salamina y Platea. En 484 fue ganador por primera vez del concurso de tragedia.

     El lenguaje de sus tragedias es grandioso, misterioso y rebuscado, inventando largos compuestos y empleando epítetos y metáforas atrevidas. Sus personajes no son nada complejos. Los coros tienen una misión por desempeñar y están involucrados en la acción; sus cantos son importantes y explican a menudo el significado de los acontecimientos que preceden a la acción.

     Organizó sus tragedias en trilogías, a las que se les une un drama satírico en el que el tema heroico era tratado con comicidad, pero de estas piezas satíricas, en cambio, nada se conserva.

Obras

     Se presume que escribió entre ochenta a cien tragedias, de las cuales se conservan hasta nuestros días únicamente Los persas, drama histórico en el cual se exalta el triunfo del pueblo griego sobre los persas. Los siete delante de Tebas, exaltación de la valentía varonil y del sino trágico que se cernía sobre la familia de Edipo, Prometeo encadenado, Las suplicantes y la Orestiada, trilogía conformada por Agamenón, las Coéforas y Las Euménides.

Las Coéforas (fragmento):

CLITEMNESTRA. ¡Pobre de mí! Entiendo el sentido del enigma. Por la astucia moriremos tal como matamos. Que alguien me entregue un hacha asesina rápidamente. Sepamos si somos ganadores o derrotados, puesto que he llegado a esta decisión.
(Se va hacia palacio. Se abre la puerta central y aparece Orestes con la espada ensangrentada. Junto a él Pílades. Al fondo se ve el cadáver de Egisto.)

ORESTES. Precisamente a ti te busco; él ya tiene su parte y le basta.

CLITEMNESTRA. ¡Ay de mí! ¡Estás muerto, querido Egisto!

ORESTES. ¿A ese hombre amas? Pues bien, yacerás en la misma tumba; ni siquiera muerto le traicionarás.

CLITEMNESTRA. Detente, hijo mío. Respeta, criatura, este pecho sobre el que tantas veces, adormecido, chupabas con tus labios la leche nutricia.

ORESTES. Pílades, ¿qué haré? ¿He de temer matar a una madre?

PILADES. ¿Qué será ahora de los oráculos de Loxias dados en Delfos y de los leales juramentos? Considera que vale más ser enemigo de todos que de los dioses.

ORESTES. Reconozco que has vencido y me aconsejas bien. (AClitemnestra.)
Sígueme, quiero degollarte cerca de ese hombre.

Cuando vivía lo juzgaste mejor que mi padre; duerme con él una vez muerta, puesto que le amas y odias al que debías amar.

Eurípides

     Es el creador del drama en que predomina la pasión, las luchas y las escenas más patéticas, por lo cual se le considera el más realista de los trágicos.  Nació en Salamina  en 495 a.C.

     Fue discípulo de Axágoras y amigo de Sócrates. Ganó dieciséis veces el concurso de la tragedia. Es de él de quien más obras completas han llegado hasta nuestros días, así como fragmentos de otras; en su obra se aprecia que merma la importancia del coro, mientras trata temas que ya habían sido escenificados por su predecesores, con la diferencia de que sus personajes tuvieron más características reales que míticas.

     Se aleja de la ortodoxia de Esquilo y Sófocles; se declina por puntos de vista no convencionales ni tradicionales; incluye en sus tragedias personajes socialmente insignificantes como las mujeres y los esclavos; el coro es más lírico que dramático.

     Destaca por su realismo, de ahí que se inquiete por dibujar al hombre tal cual es, con sus conflictos internos, sus miserias y sus dudas, vestido con prendas apropiadas a su sufrimiento. Le interesa, sobre todo, el conflicto que se crea en la mente sus personajes, donde reside la esencia de lo trágico. El lenguaje es contemporáneo y en términos humanos, se enfrenta a convencionalismos sociales, como el bastardo frente al hijo legítimo; el esclavo frente al libre; por mencionar algunos

Obras

     De sus obras conservadas sobresalen Alcestes; quien por insinuación de Apolo acepta morir en lugar de su esposo, el Rey Admeto. Hipólito, Tragedia del amor imposible de Freda por su hijastro Hipólito. Hécuba, la esposa de Priamo, el vencido Rey de Troya; es una madre dolida y atormentada maquinando su venganza. Medea; la esposa de Jasón, conquistador del Bellocino de oro, se enceguece de ira y celos al ver que ha sido traicionada y en su venganza no vacila en dar muerte a su rival e hijos. Ifigenia en Auride: Uno de los episodios precedentes de la guerra de Troya, la joven hija de Agamenón será sacrificada en las  playas de Auride en honor de la diosa Artemisa. Otras obras de Eurípides son: Las Heraclidas, Andromáca, Las troyanas, Herácles, Orestes, Electra, Helena, Los fenicios y  El ciclope.

Las troyanas (Fragmento):

HÉCUBA: ¡Ay, desventurada de mí! Dejo mi país natal y a mi  ciudad entregada a las llamas. Así, pies cansados por  la vejez, dénse prisa a saludarla por última vez, aunque  les cueste trabajo. ¡Oh dioses!... Pero, ¿qué dioses  invoco? Antes, cuando los llamé, no me oyeron. Precipitémonos, pues, en el fuego, pues será para mí  lo más honroso perecer en él.

CORO: Tus males te hacen delirar. La gran ciudad, que ya  no lo es, ha perecido; ya no existe Troya.

HÉCUBA: Troya resplandece, el fuego lo devora todo, la ciudad entera, las más altas murallas...

CORO: Y como el viento se lleva al humo, así pereció mi patria.

HÉCUBA: ¡Oh, patria, madre de mis hijos!

CORO: ¡Ay de mí!

HÉCUBA: ¡Oigan, hijos, reconozcan la voz de vuestra madre!

CORO: ¿Llamas a los muertos con voz lúgubre?

HÉCUBA: Arrastrando por la tierra mis cansados miembros, e hiriéndola con ambas manos.

CORO: Ahora nos toca a nosotras hincar la rodilla, llamando  a nuestros esposos desdichados, que moran el  infierno.

HÉCUBA: Nos llevan, nos arrastran...

CORO: La negra muerte cubre tus ojos.

HÉCUBA: El polvo semejante al humo, me roba la vista de mi palacio.

CORO: Se olvidará el nombre de esta región como todo se olvida; ya no existe la desdichada Troya.


Sófocles

     Originario de Colono y vivió entre 496 a 406 a.C. Es el más perfecto e innovador de los tres grandes trágicos, y el que abarcó en su obra aspectos más humanos que divinos. En su primera participación en un concurso de tragedias le ganó a Esquilo. Desde ese entonces se volvió preferido de la población amante de este arte.

     El tema de mayor presencia en sus tragedias es el del individuo ante la sociedad, No son ya los dioses sino el hombre con sus pasiones y caracteres, los que interesan a Sófocles. En sus dramas los dioses actúan en la vida humana aplicando su justicia divina. Además, se opone la tiranía, tal como en el drama Creonte, donde el poder político es castigado. El lenguaje de Sófocles es decoroso, evitando lo grandioso y lo excesivamente naturalista, y a menudo es denso, buscando más la economía que la claridad.

     Sus personajes, presentados como hombres  de carne y hueso suscitan la viva simpatía  de las docenas y miles de espectadores. Limitó el papel del coro, buscando el fundamento de la acción en la voluntad humana y dando al lenguaje más soltura y naturalidad.

Obras

     Escribió aproximadamente ciento veintitrés tragedias, de ellas se conservan Electra, Filoctetes, Áyax y la trilogía de Edipo, conformada por Edipo Rey, Edipo en Colono, y Antígona.

     Pese a que el ciclo de Edipo está unido por medio de los temas, no conforman en sí una trilogía, la primera presenta al héroe trágico, vencido por la fatalidad inexorable que lo empuja al parricidio y incesto con su madre. La segunda  es la  tragedia del héroe rehabilitado que llega a Colona ciego y derrotado,  acompañado de su hija Antígona.

Finalmente Antígona, sufre la condena de su tío Creonte, ante la desobediencia de dejar insepulto el cadáver de su hermano Polinices, muerto en Tebas. Antígona es la mejor de sus caracterizaciones femeninas.

Edipo Rey (Fragmento)

MENSAJERO.- Las palabras más rápidas de decir y de entender: ha muerto la divina Yocasta.

CORIFEO.- ¡Oh desventurada! ¿Por qué causa?

MENSAJERO.- Ella, por sí misma. De lo ocurrido falta lo más doloroso, al no ser posible su contemplación. Pero, sin embargo, en tanto yo pueda recordarlo te enterarás de los padecimientos de aquella infortunada. Cuando, dejándose llevar por la pasión atravesó el vestíbulo, se lanzó derechamente hacia la cámara nupcial mesándose los cabellos con ambas manos. Una vez que entró, echando por dentro los cerrojos de las puertas, llama a Layo, muerto ya desde hace tiempo, y le recuerda su antigua simiente, por cuyas manos él mismo iba a morir y a dejar a su madre como funesto medio de procreación para sus hijos. Deploraba el lecho donde, desdichada, había engendrado una doble descendencia: un esposo de un esposo y unos hijos de hijos. Y, después de esto, ya no sé cómo murió; pues Edipo, dando gritos, se precipitó y, por él, no nos fue posible contemplar hasta el final el infortunio de aquélla; más bien dirigíamos la mirada hacia él mientras daba vueltas. En efecto, iba y venía hasta nosotros pidiéndonos que le proporcionásemos una espada y que dónde se encontraba la esposa que no era esposa, seno materno en dos ocasiones, para él y para sus hijos.

Estructura de la tragedia

     Las tragedias griegas siguen todas una misma estructura, en donde se mezclan las representaciones escénicas de los actores y las intervenciones del coro de la siguiente manera:

·         Prologo: Diálogo entre dos de los personajes en el cual se presenta la tragedia.

·         Párodo: Parte en la cual el coro hace su entrada al escenario.

·         Episodio primero: Representación dramática de los actores  en el escenario.

·         Estásimo primero: Primera intervención del coro  estando ya en la orquesta.

·         Posteriormente se van intercalando otros episodios con estásimos. Por ejemplo  en la tragedia Prometeo encadenado de Esquilo, hay tres episodios y tres estásimos; mientras en Antígona de Sófocles, hay cinco episodios y cinco estásimos.

·         La última intervención del coro, generalmente suele dividirse en dos partes:

o   Un himno triunfal; un canto de alegría y esperanza, entonado por el coro aún cuando se sabe que el desenlace será trágico.
o   El éxodo; el cual consiste en la salida del coro entonando un canto triste y de lamentaciones.

Temas

     Los temas abordados en las tragedias griegas, tiene su fundamento principalmente en hechos mitológicos de la antigüedad griega, principalmente en los llamados ciclo troyano y tebano, donde se relatan acontecimientos relativos a los personajes que participaron directamente de dichos pasajes, tal como el siguiente pasaje de Agamenón de Esquilo, transcrito a continuación, en el cual se hace referencia al trono abandonado por la partida del rey hacia las costas troyanas, y los diez años que han transcurrido desde su partida, mismos años de duración de la guerra de Troya:

Agamenón (fragmento):

GUARDIÁN. ¡Oh salve, luminaria de la noche, que anuncias una luz diurna y la celebración de numerosas danzas en Argos, en gracia a este suceso!

¡Iú, iú! Estoy anunciando claramente a la esposa de Agamenón que se alce rápidamente de su lecho y eleve en la casa, con motivo de esta antorcha, un grito de alegría, si en verdad ha sido conquistada Ilión, como la hoguera proclama con su brillo.
Y yo mismo bailaré el preludio, pues voy a mover mis fichas de acuerdo con la jugada de mis amos: tres veces seis me proporciona en suerte esta hoguera.

¡Ojalá que pueda, al volver el señor de este palacio, aguantar con mi mano la suya querida! Lo demás callo: un buey enorme pesa sobre mi lengua; pero el palacio mismo, si voz tuviera, hablaría con claridad. Pero yo, de grado, me explico para los que saben y me olvido del ignorante.

CORIFEO. Este es el décimo año desde que el gran aniversario de Príamo, el rey
Menelao, y Agamenón, coyunda poderosa de Atridas, honrada por Zeus en un doble trono y cetro, sacaron de esta tierra una expedición argiva de mil naves.

Con fuerza, de su pecho gritaban la guerra, a manera de buitres que en extremo dolor por sus polluelos revolotean por encima del nido, bogando con los remos de sus alas, tras perder el trabajo de empollar sus crías.

Pero alguien -quizá Apolo, o Pan, o Zeus-, oyendo en las alturas el graznido agudo de estas aves, vecinas de su reino, envía a los culpables una Erinis, tardía vengadora.




(Zeta)

LO DESCONOCIDO


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(En el álbum de una bella desconocida)

¿Qué instinto misterioso al hombre inclina
Al despego y frialdad por todo aquello
Que ya conoce, y a vestir de encanto
Y aun perseguir con afanosa industria
Todo lo que le es desconocido?
La cumbre azul de inaccesible monte,
La temblorosa estrella, el pajarillo
Que canta y no se ve, la forma vaga
Que definir las sombras no permiten;
El raudal que velado entre hondo bosque
Estrepitoso se derrumba; el río
Que por arcos de selva entrando vemos
A otro mayor do navegando vamos;
Una frase fugaz de amiga boca
Que a medias, percibimos; un sarao
Desde afuera escuchado; un pie que asoma
La media estrofa de un papel rasgado;
La inscripción rota, la actitud y asunto
Del torso antiguo, el fondo del estanque,
Los remotos orígenes del Nilo;
La ignota mano que escribió un billete
La nave que en la bruma se consume;
El crepúsculo incierto, grato al alma
Muy más que el esplendor del mediodia;
Los cuasi temas, los acordes sueltos
Que de lejana música nos traen
Las ráfagas del viento caprichosas;
El recién muerto, cuyo gesto inmóvil
Calla pertinazmente el gran secreto
Que fascinada el alma le pregunta;
El héroe muerto en flor, que siempre excede
A cuantos su epopeya remataron...
Hay en todo eso el íntimo atractivo
De lo desconocido o lo incompleto
Que a investigar o a completar provoca.
Oigo en todo eso un ¡búscame! irritante;
Imán de lo infinito a lo finito;
O una belleza de ilusión que acaso
La belleza real no alcanza nunca.


Parece que abrigara el alma humana
Tipos de toda perfección , los cuales
En infalible idealidad modelan
Los breves elementos que reciben;
Mientras que, si tentamos coronarlo
Con nuestros medios materiales, todo
De los sentidos la torpeza acusa.
Pero ese afán perseguidor envuelve
La mejor Iucha de la vida, y llenos
Siglos y tierra están de sus conquistas.
De allí la ciencia, progresiva marcha
De lo noto a lo ignoto, a la cual deben
El cielo estrellas, y la tierra un mundo;
De allí el perdido Edén y de allí el Arte,
Cazador de hermosura, que delira
En volver a encontrar el Paraíso
De allí la Historia, la locuaz curiosa;
De allí el Amor, pues siempre en lo que amamos,
Algo, a nuestro pesar, desconocemos;
Y de allí, el desamor para el ingenio
Que, como un libro de escolar, permite
Que el corazón le aprenda de memoria;
Allí la Fe, visión de lo invisible;
Allí, en fin, el instinto, la conciencia
De un destino inmortal; de algo que abraza
Juntos misterio y solución de todo;
Unidad, perfección de perfecciones;
Causa primera y fin de cuanto existe;
Consciente posesión de lo absoluto
Ardiente vida en éxtasi inefable.





Bogotá, febrero 15 de 1881



Rafael Pombo

ARTE POÉTICA


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¿Viene de qué el poema? De cuanto sirve
Para trazar a escuadra la sementera:
Flor o hierba, floresta y fruto.
Pero avanzar un pie no es hacer jornada,
Ni cuadro será el color que no se inscribe
Con acierto riguroso y armonía.
Amor, si lo hay, con poco se conforma
Si, por ocio de alma acompañada,
Del cuerpo le basta la presciencia.

No se olvida el poema, no se aplaza,
Si el cuerpo de la palabra es moldeado

Con firmeza, con ritmo y conciencia.




José Saramago

QUISIERA SER PASADO



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Quisiera ser pasado, para que tus pensamientos
vivan a amarrados al cerco de mis brazos.
quisiera ser pasado para que me extrañes.
Quisiera ser pasado para que tus más profundos anhelos
Pierdan en rumbo en mis soledades.

Por qué siendo parte de tu presente
soy solamente como la amante ardiente;
dueña de momentos, aquella que tiene
y de quien luego solamente te alejas
Olvidándola por los anhelos de un pasado que no volverá

Por qué siendo parte de tu presente
soy solamente el pecado que disfrutas
y luego, arrepentido y cabizbajo,
creyendo que has fallado,
Esperas entre penumbras un reclamo que nunca llegará.

Quisiera ser el pasado en tu presente
porque el futuro es incierto, oscuro,
y el pasado no volverá nuevamente a ocurrir…
El presente se vive, el pasado se recuerda;
Tristemente se recuerda.

Procura amigo, no dañar el presente recordando,

añorando un evento que nunca volverá.



Lismo

SOY GUATEMALA



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La gota…
Precipitada desde los altos pies del corazón del cielo,
ha caído a tierra, destrozando su sagrado cuerpo...
tu cuerpo, el mío; fruto del fruto de esta tierra,
del  Maíz.  la fuerza de mi piel y el coraje de mi corazón,
la indomable furia de mi juventud
y la sabiduría de mi vejez,
el fruto de tu fruto soy tierra eterna.
Soy tu gente, tus calles retorcidas y antojadizas,
los barrios por donde la Siguanaba y el Sombrerón
anduvieron y enamoraron con su belleza o su cortejo
a los “donjuanes” y cándidas jóvenes en días de antaño.
Soy también tus huélgueros en el viernes doloroso,
y los penitentes, más cansados de cargar que de pecar;
y volver al dulce pecado luego de la semana.

Soy tu gente, tus sueños, tus esperanzas
de ver adelante y nunca, nunca bajar la vista.
Soy vos misma amasada en la piedra de moler,
y vuelta carne humana, para gritar que estas viva,
soy vos y soy  tu amor por hacerte mejor cada día,
soy tu revolución un veinte de octubre.
soy tus sueños y esperanzas…
Soy Guatemala.

(Zeta)

DECÁLOGO MÁS UNO PARA ESCRITORES PRINCIPIANTES



 I
 No busquen ser originales. El ser distinto es inevitable cuando uno no se preocupa de serlo.

 II
 No intenten deslumbrar al burgués. Ya no resulta. Éste sólo se asusta cuando le amenazan el bolsillo.

 III
 No traten de complicar al lector, ni buscar ni reclamar su ayuda.

 IV
 No escriban jamás pensando en la crítica, en los amigos o parientes, en la dulce novia o esposa.
 Ni siquiera en el lector hipotético.

 V
 No sacrifiquen la sinceridad literaria a nada. Ni a la política ni al triunfo. Escriban siempre
 para ese otro, silencioso e implacable, que llevamos dentro y no es posible engañar.

 VI
 No sigan modas, abjuren del maestro sagrado antes del tercer canto del gallo.

 VII
 No se limiten a leer los libros ya consagrados. Proust y Joyce fueron despreciados cuando
 asomaron la nariz, hoy son genios.

 VIII
 No olviden la frase, justamente famosa: 2 más dos son cuatro; pero ¿y si fueran 5?

 IX
 No desdeñen temas con extraña narrativa, cualquiera sea su origen. Roben si es necesario.

 X
 Mientan siempre.

 XI
 No olviden que Hemingway escribió: "Incluso di lecturas de los trozos ya listos de mi novela,
 que viene a ser lo más bajo en que un escritor puede caer."



 Juan Carlos Onetti Uruguay, 1909 - 1994

DISCURSO PRONUNCIADO POR PABLO NERUDA


Discurso pronunciado con ocasión de la entrega del Premio Nobel de Literatura (1971)


Mi discurso será una larga travesía, un viaje mío por regiones, lejanas y antípodas, no por eso menos semejantes al paisaje y a las soledades del norte. Hablo del extremo sur de mi país. Tanto y tanto nos alejamos los chilenos hasta tocar con nuestros limites el Polo Sur, que nos parecemos a la geografía de Suecia, que roza con su cabeza el norte nevado del planeta.
Por allí, por aquellas extensiones de mi patria adonde me condujeron acontecimientos ya olvidados en sí mismos, hay que atravesar, tuve que atravesar los Andes buscando la frontera de mi país con Argentina. Grandes bosques cubren como un túnel las regiones inaccesibles y como nuestro camino era oculto y vedado, aceptábamos tan sólo los signos más débiles de la orientación. No había huellas, no existían senderos y con mis cuatro compañeros a caballo buscábamos en ondulante cabalgata -eliminando los obstáculos de poderosos árboles, imposibles ríos, roqueríos inmensos, desoladas nieves, adivinando mas bien el derrotero de mi propia libertad. Los que me acompañaban conocían la orientación, la posibilidad entre los grandes follajes, pero para saberse más seguros montados en sus caballos marcaban de un machetazo aquí y allá las cortezas de los grandes árboles dejando huellas que los guiarían en el regreso, cuando me dejaran solo con mi destino. Cada uno avanzaba embargado en aquella soledad sin márgenes, en aquel silencio verde y blanco, los árboles, las grandes enredaderas, el humus depositado por centenares de años, los troncos semi-derribados que de pronto eran una barrera más en nuestra marcha. Todo era a la vez una naturaleza deslumbradora y secreta y a la vez una creciente amenaza de frío, nieve, persecución. Todo se mezclaba: la soledad, el peligro, el silencio y la urgencia de mi misión. A veces seguíamos una huella delgadísima, dejada quizás por contrabandistas o delincuentes comunes fugitivos, e ignorábamos si muchos de ellos habían perecido, sorprendidos de repente por las glaciales manos del invierno, por las tormentas tremendas de nieve que, cuando en los Andes se descargan, envuelven al viajero, lo hunden bajo siete pisos de blancura.
A cada lado de la huella contemplé, en aquella salvaje desolación, algo como una construcción humana. Eran trozos de ramas acumulados que habían soportado muchos inviernos, vegetal ofrenda de centenares de viajeros, altos cúmulos de madera para recordar a los caídos, para hacer pensar en los que no pudieron seguir y quedaron allí para siempre debajo de las nieves. También mis compañeros cortaron con sus machetes las ramas que nos tocaban las cabezas y que descendían sobre nosotros desde la altura de las coníferas inmensas, desde los robles cuyo último follaje palpitaba antes de las tempestades del invierno. Y también yo fui dejando en cada túmulo un recuerdo, una tarjeta de madera, una rama cortada del bosque para adornar las tumbas de uno y otro de los viajeros desconocidos.
Teníamos que cruzar un río. Esas pequeñas vertientes nacidas en las cumbres de los Andes se precipitan, descargan su fuerza vertiginosa y atropelladora, se tornan en cascadas, rompen tierras y rocas con la energía y la velocidad que trajeron de las alturas insignes: pero esa vez encontramos un remanso, un gran espejo de agua, un vado. Los caballos entraron, perdieron pie y nadaron hacia la otra ribera. Pronto mi caballo fue sobrepasado casi totalmente por las aguas, yo comencé a mecerme sin sostén, mis pies se afanaban al garete mientras la bestia pugnaba por mantener la cabeza al aire libre. Así cruzamos. Y apenas llegados a la otra orilla, los baqueanos, los campesinos que me acompañaban me preguntaron con cierta sonrisa:
    ¿Tuvo mucho miedo?
    Mucho. Creí que había llegado mi última hora, dije.
Íbamos detrás de usted con el lazo en la mano me respondieron. -Ahí mismo –agregó uno de ellos– cayó mi padre y lo arrastró la corriente. No iba a pasar lo mismo con usted. Seguimos hasta entrar en un túnel natural que tal vez abrió en las rocas imponentes un caudaloso río perdido, o un estremecimiento del planeta que dispuso en las alturas aquella obra, aquel canal rupestre de piedra socavada, de granito, en el cual penetramos. A los pocos pasos las cabalgaduras resbalaban, trataban de afincarse en los desniveles de piedra, se doblegaban sus patas, estallaban chispas en las herraduras: más de una vez me vi arrojado del caballo y tendido sobre las rocas. La cabalgadura sangraba de narices y patas, pero proseguimos empecinados el vasto, el espléndido, el difícil camino.
Algo nos esperaba en medio de aquella selva salvaje. Súbitamente, como singular visión, llegamos a una pequeña y esmerada pradera acurrucada en el regazo de las montañas: agua clara, prado verde, flores silvestres, rumor de rios y el cielo azul arriba, generosa luz ininterrumpida por ningún follaje.
Allí nos detuvimos como dentro de un círculo mágico, como huéspedes de un recinto sagrado: y mayor condición de sagrada tuvo aun la ceremonia en la que participé. Los vaqueros bajaron de sus cabalgaduras. En el centro del recinto estaba colocada, como en un rito, una calavera de buey. Mis compañeros se acercaron silenciosamente, uno por uno, para dejar unas monedas y algunos alimentos en los agujeros de hueso. Me uní a ellos en aquella ofrenda destinada a toscos Ulises extraviados, a fugitivos de todas las raleas que encontrarían pan y auxilio en las órbitas del toro muerto. Pero no se detuvo en este punto la inolvidable ceremonia. Mis rústicos amigos se despojaron de sus sombreros e iniciaron una extraña danza, saltando sobre un solo pie alrededor de la calavera abandonada, repasando la huella circular dejada por tantos bailes de otros que por allí cruzaron antes. Comprendí entonces de una manera imprecisa, al lado de mis impenetrables compañeros, que existía una comunicación de desconocido a desconocido, que había una solicitud, una petición y una respuesta aún en las más lejanas y apartadas soledades de este mundo.
Más lejos, ya a punto de cruzar las fronteras que me alejarían por muchos años de mi patria, llegamos de noche a las últimas gargantas de las montañas. Vimos de pronto una luz encendida que era indicio cierto de habitación humana y, al acercarnos, hallamos unas desvencijadas construcciones, unos destartalados galpones al parecer vacíos. Entramos a uno de ellos y vimos, al calor de la lumbre, grandes troncos encendidos en el centro de la habitación, cuerpos de árboles gigantes que allí ardían de día y de noche y que dejaban escapar por las hendiduras del techo ml humo que vagaba en medio de las tinieblas como un profundo velo azul. Vimos montones de quesos acumulados por quienes los cuajaron a aquellas alturas. Cerca del fuego, agrupados como sacos, yacían algunos hombres. Distinguimos en el silencio las cuerdas de una guitarra y las palabras de una canción que, naciendo de las brasas y la oscuridad, nos traía la primera voz humana que habíamos topado en el camino. Era una canción de amor y de distancia, un lamento de amor y de nostalgia dirigido hacia la primavera lejana, hacia las ciudades de donde veníamos, hacia la infinita extensión de la vida.
Ellos ignoraban quienes éramos, ellos nada sabían del fugitivo, ellos no conocían mi poesía ni mi nombre. O lo conocían, nos conocían? El hecho real fue que junto a aquel fuego cantamos y comimos, y luego caminamos dentro de la oscuridad hacia unos cuartos elementales. A través de ellos pasaba una corriente termal, agua volcánica donde nos sumergimos, calor que se desprendía de las cordilleras y nos acogió en su seno.
Chapoteamos gozosos, cavándonos, limpiándonos el peso de la inmensa cabalgata. Nos sentimos frescos, renacidos, bautizados, cuando al amanecer emprendimos los últimos kilómetros de jornadas que me separarían de aquel eclipse de mi patria. Nos alejamos cantando sobre nuestras cabalgaduras, plenos de un aire nuevo, de un aliento que nos empujaba al gran camino del mundo que me estaba esperando. Cuando quisimos dar (lo recuerdo vivamente) a los montañeses algunas monedas de recompensa por las canciones, por los alimentos, por las aguas termales, por el techo y los lechos, vale decir, por el inesperado amparo que nos salió al encuentro, ellos rechazaron nuestro ofrecimiento sin un ademán. Nos habían servido y nada más. Y en ese "nada más" en ese silencioso nada más había muchas cosas subentendidas, tal vez el reconocimiento, tal vez los mismos sueños.
    Señoras y Señores:
Yo no aprendí en los libros ninguna receta para la composición de un poema: y no dejaré impreso a mi vez ni siquiera un consejo, modo o estilo para que los nuevos poetas reciban de mí alguna gota de supuesta sabiduría. Si he narrado en este discurso ciertos sucesos del pasado, si he revivido un nunca olvidado relato en esta ocasión y en este sitio tan diferentes a lo acontecido, es porque en el curso de mi vida he encontrado siempre en alguna parte la aseveración necesaria, la fórmula que me aguardaba, no para endurecerse en mis palabras sino para explicarme a mí mismo.
En aquella larga jornada encontré las dosis necesarias a la formación del poema. Allí me fueron dadas las aportaciones de la tierra y del alma. Y pienso que la poesía es una acción pasajera o solemne en que entran por parejas medidas la soledad y la solidaridad, el sentimiento y la acción, la intimidad de uno mismo, la intimidad del hombre y la secreta revelación de la naturaleza. Y pienso con no menor fe que todo esta sostenido -el hombre y su sombra, el hombre y su actitud, el hombre y su poesía en una comunidad cada vez más extensa, en un ejercicio que integrará para siempre en nosotros la realidad y los sueños, porque de tal manera los une y los confunde. Y digo de igual modo que no sé, después de tantos años, si aquellas lecciones que recibí al cruzar un vertiginoso río, al bailar alrededor del cráneo de una vaca, al bañar mi piel en el agua purificadora de las más altas regiones, digo que no sé si aquello salía de mí mismo para comunicarse después con muchos otros seres, o era el mensaje que los demás hombres me enviaban como exigencia o emplazamiento. No sé si aquello lo viví o lo escribí, no sé si fueron verdad o poesía, transición o eternidad los versos que experimenté en aquel momento, las experiencias que canté más tarde.
De todo ello, amigos, surge una enseñanza que el poeta debe aprender de los demás hombres. No hay soledad inexpugnable. Todos los caminos llevan al mismo punto: a la comunicación de lo que somos. Y es preciso atravesar la soledad y la aspereza, la incomunicación y el silencio para llegar al recinto mágico en que podemos danzar torpemente o cantar con melancolía; mas en esa danza o en esa canción están consumados los más antiguos ritos de la conciencia: de la conciencia de ser hombres y de creer en un destino común.
En verdad, si bien alguna o mucha gente me consideró un sectario, sin posible participación en la mesa común de la amistad y de la responsabilidad, no quiero justificarme, no creo que las acusaciones ni las justificaciones tengan cabida entre los deberes del poeta. Después de todo, ningún poeta administró la poesía, y si alguno de ellos se detuvo a acusar a sus semejantes, o si otro pensó que podría gastarse la vida defendiéndose de recriminaciones razonables o absurdas, mi convicción es que sólo la vanidad es capaz de desviarnos hasta tales extremos. Digo que los enemigos de la poesía no están entre quienes la profesan o resguardan, sino en la falta de concordancia del poeta. De ahí que ningún poeta tenga más enemigo esencial que su propia incapacidad para entenderse con los más ignorados y explotados de sus contemporáneos; y esto rige para todas las épocas y para todas las tierras.
El poeta no es un "pequeño dios". No, no es un "pequeño dios". No está signado por un destino cabalístico superior al de quienes ejercen otros menesteres y oficios. A menudo expresé que el mejor poeta es el hombre que nos entrega el pan de cada día: el panadero más próximo, que no se cree dios. Él cumple su majestuosa y humilde faena de amasar, meter al horno, dorar y entregar el pan de cada día, con una obligación comunitaria. Y si el poeta llega a alcanzar esa sencilla conciencia, podrá también la sencilla conciencia convertirse en parte de una colosal artesanía, de una construcción simple o complicada, que es la construcción de la sociedad, la transformación de las condiciones que rodean al hombre, la entrega de la mercadería: pan, verdad, vino, sueños. Si el poeta se incorpora a esa nunca gastada lucha por consignar cada uno en manos de los otros su ración de compromiso, su dedicación y su ternura al trabajo común de cada día y de todos los hombres, el poeta tomará parte en el sudor, en el pan, en el vino, en el sueño de la humanidad entera. Sólo por ese camino inalienable de ser hombres comunes llegaremos a restituirle a la poesía el anchuroso espacio que le van recortando en cada época, que le vamos recortando en cada época nosotros mismos.
Los errores que me llevaron a una relativa verdad, y las verdades que repetidas veces me condujeron al error, unos y otras no me permitieron -ni yo lo pretendí nunca- orientar, dirigir, enseñar lo que se llama el proceso creador, los vericuetos de la literatura. Pero sí me di cuenta de una cosa: de que nosotros mismos vamos creando los fantasmas de nuestra propia mitificación. De la argamasa de lo que hacemos, o queremos hacer, surgen más tarde los impedimentos de nuestro propio y futuro desarrollo. Nos vemos indefectiblemente conducidos a la realidad y al realismo, es decir, a tomar una conciencia directa de lo que nos rodea y de los caminos de la transformación, y luego comprendemos, cuando parece tarde, que hemos construido una limitación tan exagerada que matamos lo vivo en vez de conducir la vida a desenvolverse y florecer. Nos imponemos un realismo que posteriormente nos resulta más pesado que el ladrillo de las construcciones, sin que por ello hayamos erigido el edificio que contemplábamos como parte integral de nuestro deber. Y en sentido contrario, si alcanzamos a crear el fetiche de lo incomprensible (o de lo comprensible para unos pocos), el fetiche de lo selecto y de lo secreto, si suprimimos la realidad y sus degeneraciones realistas, nos veremos de pronto rodeados de un terreno imposible, de un tembladeral de hojas, de barro, de libros, en que se hunden nuestros pies y nos ahoga una incomunicación opresiva.
En cuanto a nosotros en particular, escritores de la vasta extensión americana, escuchamos sin tregua el llamado para llenar ese espacio enorme con seres de carne y hueso. Somos conscientes de nuestra obligación de pobladores y -al mismo tiempo que nos resulta esencial el deber de una comunicación critica en un mundo deshabitado y, no por deshabitado menos lleno de injusticias, castigos y dolores, sentimos también el compromiso de recobrar los antiguos sueños que duermen en las estatuas de piedra, en los antiguos monumentos destruidos, en los anchos silencios de pampas planetarias, de selvas espesas, de ríos que cantan como sueños. Necesitamos colmar de palabras los confines de un continente mudo y nos embriaga esta tarea de fabular y de nombrar. Tal vez ésa sea la razón determinante de mi humilde caso individual: y en esa circunstancia mis excesos, o mi abundancia, o mi retórica, no vendrían a ser sino actos, los más simples, del menester americano de cada día. Cada uno de mis versos quiso instalarse como un objeto palpable: cada uno de mis poemas pretendió ser un instrumento útil de trabajo: cada uno de mis cantos aspiró a servir en el espacio como signos de reunión donde se cruzaron los caminos, o como fragmento de piedra o de madera con que alguien, otros que vendrán, pudieran depositar los nuevos signos.
Extendiendo estos deberes del poeta, en la verdad o en el error, hasta sus últimas consecuencias, decidí que mi actitud dentro de la sociedad y ante la vida debía ser también humildemente partidaria. Lo decidí viendo gloriosos fracasos, solitarias victorias, derrotas deslumbrantes. Comprendí, metido en el escenario de las luchas de América, que mi misión humana no era otra sino agregarme a la extensa fuerza del pueblo organizado, agregarme con sangre y alma, con pasión y esperanza, porque sólo de esa henchida torrentera pueden nacer los cambios necesarios a los escritores y a los pueblos. Y aunque mi posición levantara o levante objeciones amargas o amables, lo cierto es que no hallo otro camino para el escritor de nuestros anchos y crueles países, si queremos que florezca la oscuridad, si pretendemos que los millones de hombres que aún no han aprendido a leernos ni a leer, que todavía no saben escribir ni escribirnos, se establezcan en el terreno de la dignidad sin la cual no es posible ser hombres integrales.
    Heredamos la vida lacerada de los pueblos que arrastran un castigo de siglos, pueblos los más edénicos, los más puros, los que construyeron con piedras y metales torres milagrosas, alhajas de fulgor deslumbrante: pueblos que de pronto fueron arrasados y enmudecidos por las épocas terribles del colonialismo que aún existe.
    Nuestras estrellas primordiales son la lucha y la esperanza. Pero no hay lucha ni esperanza solitarias. En todo hombre se juntan las épocas remotas, la inercia, los errores, las pasiones, las urgencias de nuestro tiempo, la velocidad de la historia. Pero, qué sería de mí si yo, por ejemplo, hubiera contribuido en cualquiera forma al pasado feudal del gran continente americano? Cómo podría yo levantar la frente, iluminada por el honor que Suecia me ha otorgado, si no me sintiera orgulloso de haber tomado una mínima parte en la transformación actual de mi país? Hay que mirar el mapa de América, enfrentarse a la grandiosa diversidad, a la generosidad cósmica del espacio que nos rodea, para entender que muchos escritores se niegan a compartir el pasado de oprobio y de saqueo que oscuros dioses destinaron a los pueblos americanos.
    Yo escogí el difícil camino de una responsabilidad compartida y, antes de reiterar la adoración hacia el individuo como sol central del sistema, preferí entregar con humildad mi servicio a un considerable ejército que a trechos puede equivocarse, pero que camina sin descanso y avanza cada día enfrentándose tanto a los anacrónicos recalcitrantes como a los infatuados impacientes. Porque creo que mis deberes de poeta no sólo me indicaban la fraternidad con la rosa y la simetría, con el exaltado amor y con la nostalgia infinita, sino también con las ásperas tareas humanas que incorporé a mi poesía.
    Hace hoy cien años exactos, un pobre y espléndido poeta, el más atroz de los desesperados, escribió esta profecía: A l’aurore, armés d’une ardente patience, nous entrerons aux splendides Villes. (Al amanecer, armados de una ardiente paciencia entraremos en las espléndidas ciudades.)
    Yo creo en esa profecía de Rimbaud, el vidente. Yo vengo de una oscura provincia, de un país separado de todos los otros por la tajante geografía. Fui el más abandonado de los poetas y mi poesía fue regional, dolorosa y lluviosa. Pero tuve siempre confianza en el hombre. No perdí jamás la esperanza. Por eso tal vez he llegado hasta aquí con mi poesía, y también con mi bandera.
    En conclusión, debo decir a los hombres de buena voluntad, a los trabajadores, a los poetas, que el entero porvenir fue expresado en esa frase de Rimbaud: solo con una ardiente paciencia conquistaremos la espléndida ciudad que dará luz, justicia y dignidad a todos los hombres.
    Así la poesía no habrá cantado en vano.